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Munay

  • Munay

    Aprender

    Cuando no has tenido la oportunidad 
    Y las gafas se empañan 
    Cuando vamos de cara 
    Entonces echamos a andar 

    Sueño con estar por encima de todo 
    Por debajo de tu falda 
    Con la noche llena de luz 
    Y Tu voz pausada 
    Y tu voz pausada 

    Hoy he sentido la llamada 
    Con toda la fuerza 
    Las luces apagadas 
    Y las piernas abiertas 

    Leiva – ‘La llamada’

    Imagen destacada del post: Fuente: ABC

    Y ahora que te has ido,
    lo único que me pregunto es
    si aprenderé a estar sin ti.

    A mi, que nunca me han gustado las medias tintas ni los días grises.
    A mí, que siempre me había costado sonreír por las mañanas, hasta que llegaste tú.

    Que contigo era capaz de estar por encima de todo,
    y lo único que me apetecía
    era estar debajo de las sábanas,
    o simplemente compartiendo el mismo colchón

    Y ahora que te has ido,
    lo único que sé
    es que nunca quise que te fueras

    Y ahora, ¿quien me ayuda a desaprender todo lo que me has enseñado?

  • Munay

    Corazón de piedra

    Aunque estes adentro
    Y este sentimiento se me antoje eterno
    No tengo tu boca
    No tengo tus ganas
    Y por más que intento yo
    Ya no entiendo nada

    Vida loca

    Francisco Céspedes

     

    Corazón de piedra. En eso se está convirtiendo ese músculo que hace que la sangre bombe por todo mi cuerpo. Por una bofetada de la realidad, así, delante de mis ojos. De frente. Y no me pillo desprevenida pero joder cómo dolió. Porque me hubiera encantado ser yo la que entrelazase mis manos con las tuyas y poder besarte sin ningún tipo de vergüenza ni remordimiento. Porque desde el primer día lo supe. Fue un flechazo. En plena primavera la sangre se me altero como nunca antes. Yo, una romantica empederdina sí, pero que nunca imagino que esas cosas le pasarian. Solo en las peliculas. Pero a mi no. Y ahí estás, metida en mi cabeza, sin poder salir de mis sueños. Porque sé que eres tú. O eso quiero creer.  El problema es que intuyo que tú conmigo ni siquiera te has imaginado. Que somos colegas y ya. Y está bien, oye. Prefiero eso a nada.

    Me he dado cuenta de que no puede ser. ‘Gracias’ a esa bofetada en la cara.  Y quizá sea mejor así. Pero siempre me arrepentiré de guardarme un ‘te quiero’ en la garganta. De no haberte hecho la pregunta que necesitaba respuesta para ser capaz de asimilar lo que estaba sintiendo por ti.  El haberme quedado callada. Por miedo. A que  tú no sietieses –ni sientas- lo mismo que yo. Por miedo a las consecuencias, en todos los sentidos, que mis descaradas insunuaciones pudiesen tener nada mas conocernos. La bola de nieve se ha hecho cada vez más grande para mí. Y tengo que salir de ella, como sea, aunque duela. Hacer de tripas corazón. Dejar que esta vez gane mi razón. Volver de piedra  mi corazón. Marcar distancia. Intentando no destruir lo que hemos creado. Pero no puedo prometer que no se vaya a romper. Porque me podré la coraza mas dura que he inventado hasta ahora. Dicen que la distancia es el olvido. Que lo mejor en estos casos es alejarse. Si es fisicamente, mucho mejor. Y yo en relaciones no correspondidas ya tengo un doble master con cum laude de nota final.

    Pero esta vez cuesta más. Porque llegaste llamando a la puerta sin previo aviso. Me diste libertad, confianza y ganas de no frenar jamás. Me ganaste. Pero a mi ahora me toca perderte, o mejor dicho, dejar de quererte así.

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    Pararse, respirar y seguir

    Pararse, respirar y seguir

    Pararse. Respirar. Coger aire. Y seguir. Siempre. Aunque no sepas muy bien qué rumbo tomar. Hay momentos en los que necesitas encontrarte. Sí, tú. Contigo. Saber lo que quieres e ir a por ello. A veces, lo único que se necesita para lograrlo es tiempo.  Perderse para encontrarse. En el campo, en una playa o en cualquier callejuela de la ciudad. Y no es cuestión de soledad. Simplemente, es buscar la mejor manera de saber continuar, de pararte a reflexionar. Puede que ahora mismo no estés en el punto de tu vida en el que imaginabas que estarías cuando te imaginabas esta etapa de tu vida. Pero eso no quiere decir que ese momento en el que te gustaría estar ahora no vaya a llegar nunca. Llegará. Pero un poco más adelante. Porque como dice el refrán no hay mal que cien años dure así que lo mejor que puedes hacer es tomarte ese tiempo para estar contigo. Aunque a veces no sea sencillo, porque haya mil situaciones a tu alrededor que escapan de tu control y no puedes hacer nada por evitarlas e intentan frenarte. Nadie dijo que fuese fácil. Porque la vida es una prueba constante y tienes que saber cómo superarla. Te pondrá al límite, al borde de la paciencia y te quita las ganas de seguir con todo.

    En ese momento, justo entonces, tendrás que pararte a pensar y respirar. Solo tú. Contigo. Aunque puede que un poco de ayuda en forma de canción o novela no venga mal.

    Porque, al fin y al cabo, la única persona que puede elegir cómo quiere vivir eres tú.

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    Cobardía

    Y otra vez vuelvo al mismo punto. Otra vez la cobardía invade mis neuronas y se apodera de mis palabras. Porque he vuelto a enamorarme. Un amor que nunca antes había experimentado. No por el quién, sino por el cómo. Y qué demonios también por el quién. Por ti. Vuelvo a estar en una encrucijada porque no me atrevo a decirte nada. Porque esta vez sé que es de verdad. Porque me quedó en blanco cada vez que te pienso. Porque eres con quien sueño. En quien pienso antes de dormir y nada más abrir un ojo. Porque siempre que no estoy contigo te echo de menos. Y nunca de más. Aunque no estés. Porque, por primera vez, tengo miedo a que me rechacen, aunque no sea la primera. Porque por primera vez tengo miedo a ganarle un pulso a mis sentimientos, atreverme a decirte la verdad y que se pierda lo que hemos construido. Bendita inteligencia emocional la nuestra.

    Me hubiera encantado que nos hubiéramos conocido de otra manera. Porque, quizás, entonces, me sería más sencillo decirte que me gustas, que me gusta estar contigo. Porque me haces reír. Me haces pensar. Me haces sentir. Como no lo ha hecho nadie antes. Y lo sé desde que nos vimos por primera vez. Desde que entraste por esa puerta y me dijiste tu nombre después del ‘hola’. Y pusiste mi mundo patas arriba,   Porque no tengo muy claro lo que siento por ti. Lo que sí tengo claro es que me encantaría descubrirlo. Descubrirte. Pero soy incapaz de decírtelo. Aunque sí de escribirlo. Por no sé si lo que nos une es puramente circunstancial o va más allá de lo que estoy acostumbrada a vivir.

    Así que por ahora dejaré que todo siga como está. Que el tiempo marque las agujas del reloj. Por una vez no tengo ganas de correr. Aunque me muera de ganas de besarte cuando te tengo cerca. De cogerte de la mano cuando andamos por la calle de noche. De decirte que veamos una peli y te quedes a dormir conmigo. O de que te quedes y no durmamos en toda la noche. Me da igual. Lo quiero todo contigo. Así que solo me queda esperar. Que todo fluya entre tú y yo. Y que poco a poco las ganas de ti le ganen espacio a mi cobardía. Lo que tenga que ser, será.

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    Vértigo

     

    Vértigo. Es la palabra que mejor podría definir lo que me ocurre cuando te tengo cerca. Cuando estoy contigo. Porque llegaste justo cuando menos lo esperaba. Como un volcán. Como un tsunami. Tú y tú mirada. De verdad, te lo prometo, no te esperaba.  Ni mucho menos te buscaba. Yo no me quería volver a enredar de nuevo. Y aquí me tienes. Escribiendo sobre amor otra vez. A ti, aunque ni siquiera lo sepas. Y créeme que es verdad cuando digo que yo no quería más amor. Y, de repente, BOM, apareces con esa mirada tan tuya y esa manera tan única de comerte en mundo.

    Vértigo. Eso es lo que siento al pensar que en solo dos días te conté los grandes acertijos de mi vida. Y me di cuenta de que era la primera vez que lo hacía. Yo que hace poco menos de medio año me prometí a mí misma que no me dejaría  deslumbrar  por cuatro carantoñas y unos ojos que hipnotizan. Que decidí frenar enero e ir despacio. Yo no te buscaba y me encontraste. En el momento que más lo necesitaba. Ese momento en que en lo único que pensaba era en salir huyendo. De mis miedos, de mis inseguridades, de mi misma. Pero ahora ya no. Ahora quiero quedarme. Ahora que sé que me voy, quiero quedarme. Contigo. O sino, llevarte conmigo a cualquier parte. A cualquier ciudad.

    Vértigo. Es lo que me da cada vez que pienso que no sé muy bien qué es lo que siento. Solo sé que no quiero cometer el mismo error. No quiero tropezar con la misma piedra. No quiero etiquetarlo. Algo me dice que esta vez es distinto. Que tú no eres del montón. Puede que tal vez sí. O puede que no. Y esta vez no me quiero arriesgar. Que todo fluya y nadie -ni nada- influya. Porque contigo es distinto. Porque me has demostrado que piensas y sientes diferente. Porque he descubierto que solo me sumas. Y hasta me multiplicas. Contigo no sé lo que es ‘ser de menos’ y en cambio sí sé lo significa la felicidad. Y un poco de serendipia.

    Vértigo. Porque el quid de la cuestión está en pasar del “¿y por qué?” al “¿y por qué no?”. Pero una vez más, la vida me pone en una encrucijada. Esa que siempre se me aparece cuando yo empiezo a sonreír de más, quedándome embobada pensando en lo puede ser. En el quizás. Mientras que no tengo ni puñetera idea de lo que tú sientes. Y no me atrevo ni a preguntar. Solo sé que tengo ganas de querer-te. Y de dejarme querer. De conocer todas esas cicatrices tuyas que no se ven. De saberme de memoria los lunares de tu piel. Y el tatuaje de tu espalda. Pero una vez más me acojona la posibilidad de que me esté haciendo ilusiones de más. Tan solo porque las circunstancias son las que son. Y no porque tanto tú como yo nos estemos provocando de más. Pero tal vez te confiese todo esto. Aunque no ya.

    Vértigo. Porque contigo siento que todo son contradicciones. Que en el momento que me hicieras saber que es mutuo (si es que alguna vez lo haces) le gritaría al mundo entero lo que siento por ti. Aunque no supiera muy bien que palabras usar. O simplemente me atrevería a besarte en una plaza llena de gente porque me da igual el qué dirán. Porque eso también lo he aprendido de ti. Pero a la vez me gustaría que fuera algo mío. Algo solo nuestro. Y disfrutarnos.

    De lo bien que me siento cuando te siento cerca.  Porque contigo todo lo que con nadie nunca antes. Y qué bien, joder! Eso es lo único que no me da vértigo.

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    Perderse

    ¿Nunca has tenido la sensación de estar perdiendo el tiempo? ¿De que no estas donde quieres estar? Que te pasas los días y las semanas haciendo lo que se espera que hagas…pero que realmente eso no te llena, ni te motiva, ni te hace feliz…que sabes perfectamente que te gustaría hacer y en donde te gustaría estar pero no sabes muy bien cuál es el camino que debes escoger para llegar hasta ese punto. Ese momento vital en el que te dan ganas de coger, pararlo todo, dejarlo en stand by, coger un tren o un avión y perderte. Perderte y respirar. Perderte para volverte a encontrar.  Sin reloj. Sin tiempo. Sin presión. Sin que nadie te espere. Sin que tengas que estar pendiente.  Sin horarios. Solo tú. Escribir. Sentir. Sentir lo que escribes. Escribir lo que sientes. Y que se quede guardado para ti en un archivo de Word hasta que lo vuelvas a abrir, quien sabe cuánto tiempo después. Que escribas mientras suena una playlist que va a la perfección con tu estado de ánimo. Que por unas horas no pienses en dónde estarás o qué harás dentro de unos cuantos meses. Si habrás cumplido o no con los objetivos que te marcaste. Que hayas cumplido con lo que se esperaba de ti. Y ojo, las expectativas son altas. (Quizás demasiado). Simplemente respirar. En otro lugar. Donde nadie te conozca. Donde nadie te espere. Donde nadie te diga lo que tienes que hacer. Y mucho menos para cuándo. Tú eres la que decides. Porque solo estás tú. Sola. Y, a veces, solo a veces, es lo único que hace falta para encontrarse con uno mismo. Dejarlo todo en pausa y respirar. Esa, quizás, sea la primera vez en mucho tiempo, en la que sientas que no has perdido el tiempo.

  • Munay

    Alguien te dejo marchar

    No se trata de rencor, no se trata de querer y no poder. Que no queremos cambiar nada y de nada serviría hacerlo. Pero en un momento de tu vida alguien te dejó marchar. Y aunque haya llovido bastante desde entonces, y sus huellas se hayan borrado por completo, de vez en cuando recuerdas, que alguien te dejo marchar.
    Hubo días malos, no vamos a fingir que no ha sido así. Pero cuando algo se termina siempre duele. No porque tengamos alguna duda, sino porque en algún momento cuando todo comenzó, pensamos que el final no llegaría nunca. Y sin embargo llegó. Porque todo acaba de una manera u otra. Pero también hubo días buenos, en los que comparas, y te das cuenta de que tal vez, es mejor así. Y que, probablemente hubiera sido mejor así desde hace más tiempo del que queríamos creer. Que nos aferramos tanto a alguien, simplemente por rutina, que olvidamos todo lo bueno que nos estamos perdiendo.
    Debemos saber también, que las cosas se pudieron hacer mejor, pero tampoco fue fácil, que los hechos se van desencadenando un poco al azar y otro poco por mala suerte.
    No sé qué pudimos haber sido, y ahora la verdad, no me importa. Me importo en su momento, y esa idea rondó por mi cabeza hasta que se perdió entre mis recuerdos. Porque alguien ocupó ese vacío. No una pareja necesariamente. Tal vez fue una amiga, un familiar o simplemente un hobby. Y obviamente, alguien ocupo el mío en tu vida. Así es como debe de ser.

    Pero a quien me dejo marchar, le debo decir que es una decisión con la que tendrá que cargar el resto de sus días.  Que le puedo prometer que jamás encontrará a alguien como yo. Al igual que yo no conoceré a alguien como él. Qué nadie le volverá a mirar con los mismos ojos, ni le sonreirá de la misma manera. Que nadie volverá a hacerle reír del mismo modo, ni hacerle llorar, como lo hacía lo hacía conmigo. De otra manera sí, pero nunca igual.  Y tal vez en algún momento cuando crea que me ha olvidado alguien pasara a su lado con mi perfume y durante unos segundos volverá el tiempo atrás y me recordará… ¿Sabes que creo? Que algún día cualquiera, se despertará con alguien a su lado y se darás cuenta de que me echa de menos.
    Hay historias que nunca acaban pero, del mismo modo, hay otras que nunca llegaron a empezar.