Munay

Vértigo

 

Vértigo. Es la palabra que mejor podría definir lo que me ocurre cuando te tengo cerca. Cuando estoy contigo. Porque llegaste justo cuando menos lo esperaba. Como un volcán. Como un tsunami. Tú y tú mirada. De verdad, te lo prometo, no te esperaba.  Ni mucho menos te buscaba. Yo no me quería volver a enredar de nuevo. Y aquí me tienes. Escribiendo sobre amor otra vez. A ti, aunque ni siquiera lo sepas. Y créeme que es verdad cuando digo que yo no quería más amor. Y, de repente, BOM, apareces con esa mirada tan tuya y esa manera tan única de comerte en mundo.

Vértigo. Eso es lo que siento al pensar que en solo dos días te conté los grandes acertijos de mi vida. Y me di cuenta de que era la primera vez que lo hacía. Yo que hace poco menos de medio año me prometí a mí misma que no me dejaría  deslumbrar  por cuatro carantoñas y unos ojos que hipnotizan. Que decidí frenar enero e ir despacio. Yo no te buscaba y me encontraste. En el momento que más lo necesitaba. Ese momento en que en lo único que pensaba era en salir huyendo. De mis miedos, de mis inseguridades, de mi misma. Pero ahora ya no. Ahora quiero quedarme. Ahora que sé que me voy, quiero quedarme. Contigo. O sino, llevarte conmigo a cualquier parte. A cualquier ciudad.

Vértigo. Es lo que me da cada vez que pienso que no sé muy bien qué es lo que siento. Solo sé que no quiero cometer el mismo error. No quiero tropezar con la misma piedra. No quiero etiquetarlo. Algo me dice que esta vez es distinto. Que tú no eres del montón. Puede que tal vez sí. O puede que no. Y esta vez no me quiero arriesgar. Que todo fluya y nadie -ni nada- influya. Porque contigo es distinto. Porque me has demostrado que piensas y sientes diferente. Porque he descubierto que solo me sumas. Y hasta me multiplicas. Contigo no sé lo que es ‘ser de menos’ y en cambio sí sé lo significa la felicidad. Y un poco de serendipia.

Vértigo. Porque el quid de la cuestión está en pasar del “¿y por qué?” al “¿y por qué no?”. Pero una vez más, la vida me pone en una encrucijada. Esa que siempre se me aparece cuando yo empiezo a sonreír de más, quedándome embobada pensando en lo puede ser. En el quizás. Mientras que no tengo ni puñetera idea de lo que tú sientes. Y no me atrevo ni a preguntar. Solo sé que tengo ganas de querer-te. Y de dejarme querer. De conocer todas esas cicatrices tuyas que no se ven. De saberme de memoria los lunares de tu piel. Y el tatuaje de tu espalda. Pero una vez más me acojona la posibilidad de que me esté haciendo ilusiones de más. Tan solo porque las circunstancias son las que son. Y no porque tanto tú como yo nos estemos provocando de más. Pero tal vez te confiese todo esto. Aunque no ya.

Vértigo. Porque contigo siento que todo son contradicciones. Que en el momento que me hicieras saber que es mutuo (si es que alguna vez lo haces) le gritaría al mundo entero lo que siento por ti. Aunque no supiera muy bien que palabras usar. O simplemente me atrevería a besarte en una plaza llena de gente porque me da igual el qué dirán. Porque eso también lo he aprendido de ti. Pero a la vez me gustaría que fuera algo mío. Algo solo nuestro. Y disfrutarnos.

De lo bien que me siento cuando te siento cerca.  Porque contigo todo lo que con nadie nunca antes. Y qué bien, joder! Eso es lo único que no me da vértigo.

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