Munay

Nadie que me reste

Nunca debí dejar que volvieses a mí. Sabía que me harías daño de nuevo, mi cabeza lo sabía pero a mi corazón le daba igual. El día que hablamos me di cuenta de que no habías cambiado y que tarde o temprano volveríamos al mismo punto. ¡Y vaya si hemos vuelto! Y ahí nos vamos a quedar, para siempre, (aunque para siempre signifique el resto de nuestras vidas) y esta vez de verdad. Tú por tú camino y yo por el mío. Porque yo ya no puedo. Porque yo ya no te creo. Porque nunca me han gustado las montañas rusas. Y, sobre todo, porque no se puede querer a alguien, (de la manera que sea) si ese alguien no se quiere primero así mismo. Alguien que no lucha por sus sueños con uñas y dientes, que se derrumba al primer revés, que rompe la baraja justo antes de empezar a jugar con las cartas que la vida le da. No se puede querer a alguien que vive anclado, encasillado y encorsetado al pasado. No se puede dar ánimos e intentar ayudar a ver el lado bueno de las cosas a alguien que está ciego de pesimismo. Y yo ya no puedo dejar que me hagas más daño, no otra vez.

Pero hay algo de lo que sí estoy segura: si tú te vieras con los ojos que siempre te he visto yo, serías todo lo contrario a lo que he escrito

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