Dí Capacidad, In-Culture

Nunca es demasiado tarde, princesa

Nunca tengas miedo a equivocarte, porque a veces es el único camino. Y nunca dejes de intentarlo, porque nunca es demasiado tarde.

Irene Villa.

Quiero hablaros de un libro que leí hace ya unos cuantos meses: Nunca es demasiado tarde, princesa de Irene Villa. Quiero hablaros de él desde un punto de vista más personal y social.

Historias entrelazadas. Historias de personas que tienen problemas…y que los superan. Hoy quiero recordar la primera. Si la memoria no me falla la protagonista se llamaba Elsa. Un accidente de tráfico le cambió la vida para siempre. Una chica joven con el mundo a sus pies. Pero un sábado noche su mundo se dio la vuelta. Las noches de fiesta pasaron a ser mañanas en el hospital acompañadas de rehabilitación, semanas y semanas sin salir de casa, cabreada con el mundo, consigo misma, pagando su frustración con la gente que tenía a su alrededor, (que solo pretendían animarla), con mil preguntas sin respuesta en su vida. Hasta que su hermano le abrió los ojos, diciéndole las cosas tal y como eran. Aprender a vivir sobre ruedas por culpa de una lesión medular no es fácil. Caerte de la silla por la calle y que no haya nadie alrededor para ayudarte a levantarte, tiene que ser una mierda pero también una lección. O te levantas o te levantas, no hay más. El instinto de supervivencia aflora. Reaccionas. Aprender a vivir sobre ruedas no es fácil. Adaptarte. Buscar salidas: el deporte es una buena opción. Y esa fue la elección de Elsa. Y muchas veces también ha sido la mía.

Yo no me quede en silla de ruedas de la noche a la mañana. Yo, como suelo decir “vine así de fábrica”.  Me ha costado mucho aceptarlo. Sobre todo cuando era más pequeña: quería saltar a la cuerda, tirarme por un tobogán, ir al arenario y jugar al fútbol en las fiestas de mi colegio…. Recuerdo que la peor época de mi vida fue la de tener que operarme dos años prácticamente seguidos. Caderas y rodillas. Primero una, luego otra. Escayolas del estómago a los pies. Un dolor enorme, casi tanto como lo son las cicatrices que me quedaron. Quizás por todo eso esté aplazando lo de volver a pesar por el quirófano todo lo posible, a pesar de que sé que tarde o temprano tendré que volver a enfrentarme a ello. También porque sé que mucho peor que yo lo pasó mi madre. Y porque nadie me garantiza que vaya a salir bien la próxima vez y lo más importante, que me vaya a valer para estar mejor, porque ya lo intentaron una vez y no funcionó…y porque no me soportaba ni yo, me pasó lo que pasó a Elsa. No tenía ganas de vivir. Y no me apetece nada tener que volver a pasar por lo mismo. Los años siguientes a todo esto yo también me refugié en el deporte: cuando era más pequeña, la natación sincronizada (adaptada a mi situación), después la equitación…y ahora el gimnasio. El deporte da vida. Hace que sientas mejor contigo misma y quien diga lo contrario es que no lo ha probado.

Supongo que aprender a vivir sobre ruedas de un día para otro no es fácil. Es mucho más jodido. Pero se puede ser feliz. Y lo sé porque tengo muchos amigos que como Elsa, aprendieron a hacerlo y a serlo. Y que siempre tienen una sonrisa en la cara, y siempre que digo (o escribo) esto, me acuerdo de ella: de Marina García Planelles, esa persona que siempre sonríe y que me hace sonreír, una amiga de esas que encuentras una o dos veces, con suerte a lo largo de tu vida, y yo he tenido esa suerte.

Cada discapacidad y cada persona es un mundo. Lo más importante es aceptarse y quererse. Nadie es perfecto. Y benditas imperfecciones, que nos hacen únicos.

En la web de Irene Villa podréis conocer mas a fondo la historia de su vida.

Alguien a quien admiro y que es un ejemplo para mí.

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